CLINT AL VOLANTE

en El canon

Fue hace un par de meses, viendo el trailer de The Mule, que volví a toparme con una de mis imágenes favoritas de Clint Eastwood, una que lo define -creo- de cuerpo entero: el actor sentado, frente al volante.

Así se lo verá en numerosas secuencias a partir de la próxima semana en los cines, viejo como el tiempo, funcionando como encubierta “mula” para los narcos, devorando kilómetros en una enorme camioneta negra, ventanilla del conductor abierta, amplios paisajes al costado y una larga vía asfaltada por delante. 

Sin duda que en su leyenda fílmica hay elementos que “pesan” más -el poncho y el sombrero del hombre sin nombre, de los filmes con Leone; o la Magnum 44 y las frases autoritarias de Harry el Sucio, se vienen fácilmente a la memoria-, pero ya hace un buen par de décadas que el actor se bajó del caballo y dejó atrás los roles policiales, que le dieron de comer (y mucho más que eso) en sus primeros años de estrellato; lo que no ha perdido, sin embargo, es su costumbre de incluir prominentes escenas de autos en sus películas, sobre todo cuando es él mismo quien está frente a la cámara. 

El punto es que no se trata de instantes de acción o momentos particularmente dramáticos: de hecho, rara vez están ahí para hacer avanzar la trama o para apurar el desenlace; más bien es al revés, es como si intentara filmar trechos de camino que dejan a sus personajes suspendidos en el aire, provenientes de un lugar o de una historia y en ruta directa hacia otra; sólo que aún no llegan, sólo que aún son capaces para enmendarla; al menos les gustaría pensar que es así, que poseen esa libertad.

Eastwood y su hijo Kyle, recorriendo sucios caminos rurales en Honkytonk Man (1982); Charlie Parker y Red Rodney, tratando de alcanzar California durante una noche interminable, en Bird (1988); el director Jack Wilson, persiguiendo en jeep a su esquivo elefante de Cazador blanco, corazón negro (1990); Clint y Clyde, el orangután, yendo de pelea en pelea y de tumbo en tumbo, en Any Which Way You Can (1980); junto a Meryl Streep, en una cálida tarde de verano, buscando Los puentes de Madison (1994); escuchando los recuerdos familiares de Maggie, la boxeadora, en Million Dollar Baby (2004), o dejando que Jeff Bridges tome el volante, dejándolo creer que él está a cargo, en Thunderbolt & Lightfoot (1975); y sobre todo, Kevin Costner y el pequeño Phillip, huyendo por la carretera con media policía de Texas tras su pista, en Un mundo perfecto (1993): “los autos son máquinas del tiempo, ¿sabes? Ahí delante está el futuro; por allá atrás, el pasado. Si ves que la vida se mueve con lentitud, sólo pisas el acelerador; si vas demasiado rápido, el freno”. El auto se detiene. “Este es el presente Phillip, disfrútalo mientras dure”.

En los filmes de Eastwood, el automóvil ha sido tanto una instancia de mutuo conocimiento como expresión de quietud en pleno movimiento: insertos en la cabina, los personajes continúan su relación, la expanden, y la proyectan más allá de las cosas, un poco a la manera de esos vaqueros de los westerns, cuando acampan al caer la noche, y conversan por fin, sentados frente al fuego. No es la masculina “sensación de control” -que tanto ha pregonado la publicidad automotriz durante más de un siglo-, sino una suerte de estar y no estar; la posibilidad de una historia, de un destino, atravesando el parabrisas y desplegándose ante tus ojos. La capacidad de marcharse hacia el horizonte, tal como los héroes de antaño, pero también la posiblidad de volver con la misma rapidez. Veloz como la luz.  

Christian Ramírez

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