Nuevo Cine Afro: DE MINORÍA A MAYORÍA

en Siglo XXI

El Oscar de Spike Lee, los billones de Black Panther, la sorpresa de Get Out y ahora el millonario estreno de “Us”. La oleada afroamericana es una de las aventuras más atractivas del audiovisual contemporáneo. Pero, ¿podrá sostenerse en el tiempo?

Por Christian Ramírez

“Y el ganador es… ¡Green Room!”.

En ese preciso momento, Spike Lee se levanta de su asiento en la platea del Dolby Theatre y comienza a correr por el pasillo hacia la salida. Los guardias no lo dejan salir: por protocolo, tiene que quedarse hasta el final de los discursos de los ganadores y aguantarse la felicidad de los tipos a quienes había ignorado durante toda la temporada de premios, por haber hecho -según él- una nueva versión de Conduciendo a Miss Daisy, la película “racista” que lo ganó todo en los Oscar de 1990, el mismo año en que su brillante Haz lo correcto fue ignorada por la Academia.

Puesto de ese modo, el arrebato del cineasta hace algún sentido -nadie debería estar obligado a pasar un mal rato-; pero a mes y medio de la ceremonia cabe preguntarse por qué tanta alharaca. Media hora antes, el propio Lee había ganado el premio a Mejor Guión Adaptado por BlacKkKlansman, en una ceremonia que acabó galardonando a otros siete afroamericanos. Una cifra única en la historia del evento. Entonces, ¿para qué seguir con el berrinche?

Bueno, si algo ha aprendido Spike Lee en sus casi cuatro décadas en Hollywood es de veleidad: la industria puede jurar que está contigo, y lo hará provisto que hagas ruido, que vendas entradas y -como suele decirse ahora último- generes constante tráfico en las redes. Falla en eso y verás como tus black superpowers te abandonan. De ahí las polémicas, los discursos, sus mancuernas “LOVE/HATE” y ese vistoso traje púrpura en honor a Prince: para manejarse con cierta tranquilidad en ese mundo, Lee ha convertido a sus “accesorios” casi en una segunda piel.

Lo interesante es que el resto de sus colegas afro no parecen necesitar disfraz alguno: es cierto, el mercado aún tiende a agruparlos a todos bajo la etiqueta de cine independiente, pero el pasado 22 de marzo, “Us” -la segunda película de Jordan Peele- batió el récord histórico en su fecha de estreno. Y no es de superhéroes, ni una secuela, ni un producto para niños. Es un filme de terror puro y duro, para mayores y con mensaje social.

¿Será que de verdad los tiempos cambiaron?

CUATRO JINETES

Lo más probable es que no.

Pero algo hizo click, en la segunda mitad de esta década. Las pistas están ahí desde mediados de 2015, cuando Straight Outta Compton, el filme biográfico de los raperos N.W.A., recaudó insólitos 200 millones de dólares. Un año exacto después, Moonlight -el minúsculo debut de Barry Jenkins, se estrenaba en el Festival de Venecia e iniciaba un largo camino que remataría en marzo del año siguiente, al ganar el Oscar a Mejor Película justo cuando otro filme afro -Get Out- arrasaba en la taquilla (255 millones de dólares), pavimentando el camino para que en la siguiente temporada, Black Panther arrasara con todo (1. 34 billones de dólares).

Es cosa de mirar las cifras para entender por qué Hollywood se interesó tan repentinamente en la temática afro, pero los dólares y los premios sólo alcanzan a contar la mitad de esta historia: al revés de lo ocurrido con 12 años de esclavitud -ganadora del Oscar en 2014 y coproducida por Brad Pitt-, estas cuatro películas poseen elenco afro, guionistas y directores afro. El blanco se hace presente aquí sólo para extender los cheques.

Straight Outta Compton se jugaba al completo por elevar a sus músicos al estatus de leyenda (antes de Bohemian Rhapsody, antes de Rocket Man). Moonlight fue el primer filme de temática gay -y el más intimista en muchos años- en ganar el premio mayor de la Academia; el impacto fue suficiente como para que Annapurna Pictures apostase a ciegas por el siguiente proyecto de Jenkins: If Beale Street Could Talk, adaptación de una prestigiosa novela de James Baldwin. Mala idea. Pese a la buena voluntad de los críticos, el filme tuvo nula repercusión. En el otro extremo del espectro, si bien Black Panther no fue el primer filme Marvel acerca de un superhéroe negro -ese honor corresponde a Blade (1998)-, sí califica como la primera súper producción donde el control artístico del producto estuvo casi completamente en manos de un equipo afroamericano, algo que quizás no removió muchas olas por estos lados, pero que para el medio estadounidense constituyó un remezón cultural: poco importó que la base argumental estuviese basada más de la cuenta en El rey León y que la visión del reino de Wakanda, un ultra tecnologizado paraíso 100% negro (que semeja una versión en serio de Zamunda, el hogar africano de Eddie Murphy en la comedia Un príncipe en Nueva York) fuese en esencia una fantasía neoconservadora. Todo eso era perdonable al lado de haber llevado a buen término semejante aventura.

Lo de Get Out es otra cosa.

Emprendida en clave de comedia negra por el humorista Jordan Peele, la historia de un despistado treintañero que termina prisionero en la casa de sus suegros blancos supremacistas, fue de inmediato interpretada como una fábula de advertencia en contra de la asimilación forzada entre razas, de la intolerancia envuelta en ropajes burgueses, la velada hipocresía de la era Obama y el abierto salvajismo de los días de Trump. Peele había contrabandeado esas ideas al interior de su pequeña película de terror y dio en el clavo, en el momento preciso: en apenas 12 meses ganó un Oscar a Mejor Guión Original, produjo BlakKklansman para Spike Lee, pactó con el canal CBS la producción de una nueva versión de La Dimensión Desconocida y obtuvo libertad creativa para rodar su segundo filme, la recién estrenada “Us”. Demasiado perfecto para ser real. Demasiado. Us -que también puede leerse como U.S., United States- posee una estupenda premisa: apenas iniciadas sus vacaciones en una pequeña localidad costera, una familia de cuatro se enfrenta en mitad de la noche a sus dobles idénticos, quienes sin mediar explicación se lanzan a su cacería. La madre (Lupita Nyong’o) tiene el borroso recuerdo de un episodio similar, ocurrido en su infancia, pero en vez de prolongar el misterio, la película se apura al revelar la metáfora: el doble como nuestro reverso, lo que ocultamos, lo que barremos bajo la alfombra e invisibilizamos. Un país completo que vive en un rincón olvidado de nuestras conciencias, en el subterráneo. Material suficiente para un buen episodio de La Dimensión Desconocida, pero no para la continuación de lo avizorado por Get Out.

VIDAS EN ESCAPE

En esa misma cuerda, la modesta Sorry to Bother You (2018) aparece como la cosa real: obligado a salir a trabajar para seguir viviendo en el garage que le arrienda a su tío, Cassius Green (Lakeith Stanfield) descubre su lado emprendedor como operario de telemarketing. Eso sí, cada vez que llama por fono a un potencial cliente, usa su “voz de blanco” -relajada, plena de confianza, en total control- y la usa como nadie: muy pronto lo ascienden al piso de arriba, donde las llamadas son a empresarios, gobiernos y titanes digitales; de vender migajas, Cassius ha pasado a transar millones, pero ¿por qué se siente como si estuviera trabajando en una plantación? Concebida en un futuro donde los empleos tradicionales se parecen sospechosamente a la esclavitud y donde la matriz del tejido social se ha apolillado al punto de volverse irreconocible, el filme debut del hip hopero Boots Riley se mueve diestro en el terreno de la parodia sin alcanzar a envenenarse con su negrísimo sentido del humor, y en ese sentido bien puede ser la introducción perfecta al más acabado producto afro de estos días: Atlanta.

Puesta sobre el papel, su premisa es en extremo simple: seguir los pasos de Earn Marks (Donald Glover), ex estudiante de excelencia que, transformado en padre y en cesante crónico, busca ganarse unos dólares oficiando de manager de “Paper Boi”, su primo y celebrado rapero local, siempre al borde de la ley y el orden.

En los ochentas, la serie habría sido la típica sitcom de media hora, con risas grabadas, música pop y finales felices, al mejor estilo de Will Smith y El príncipe del rap. Ambientada en el aquí y el ahora, Atlanta es sobre un barrio, una ciudad y un país arrasados: su humor no emana tanto de las ridículas correrías de sus personajes como de la necesidad de escapar como sea hacia el interior, hacia sí mismo: librarse por un instante de familia, conocidos, trabajo, teléfono, redes, y simplemente flotar por un rato, sea inmerso en el beat de la música, en el humo del cannabis, en la fantasía de un potencial romance, la billetera llena o la fama digital. Cada minuto que Earn habita en ese espacio privado, está marcado por la certeza de que más temprano que tarde tendrá que hacerse cargo, tendrá que atinar, ponerse al mando; es en ese tira y afloja, en ese ir y volver constantes, que va goteando energía, compromiso y pasión, drenándose, sin apenas darse cuenta.

Inserta en un mundo que se precia de su velocidad y capacidad para renovarse e innovar, las dos temporadas de Atlanta -apenas 21 capítulos- funcionan como extraño remanso y refugio para vidas que permanecen estáticas, al margen de milagros afro, de esperanzas blancas, agendas políticas y artísticas, éxitos repentinos o fracasos sonados. Vidas que, de tan ensoñadas y privadas, acaban por sentirse reales.

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