Dragged Across Concrete (2019): MALDITO POLICIAL

en Críticas

Hollywood ha cambiado lo suficiente como para que el filme de acción y balas se haya vuelto una especie en peligro de extinción. De ahí que Dragged Across Concrete emerge como la gran sorpresa de la temporada: clásica y moderna, a la vez.

Por Christian Ramírez

La escena comienza en una parada de buses. Una mujer está a punto de subirse al bus que la llevará a su trabajo, pero a último minuto se arrepiente, vuelve a su casa, encuentra la cadena de la puerta trabada, le ruega a su marido que le abra. Él no quiere: le dice que ya es suficiente, que su posnatal se acabó, que se vaya a la oficina de una vez, porque con lo que él gana no alcanza para ellos y el niño. Ella le pide uno de los calcetines del bebé para tener algo suyo durante el resto del día. El marido se lo pasa y la escena acaba mientras los espectadores se preguntan quiénes son estas personas, por qué aparecen recién ahora, y qué tiene que ver su drama familiar con el brutal policial que han estado mirando por casi una hora y media.

Bueno, están a un par de minutos de darse cuenta; pero es ese breve lapso, esos instantes donde la trama se desvía -o mejor dicho, se reorienta- lo que confirma a Dragged Across Concrete como un filme fuera de norma, caso excepcional en un Hollywood donde hoy las cosas tienen que ser exactamente lo que parecen, donde ya nadie puede apartarse del libreto y los malos deben ser castigados, los buenos deben ser puestos a salvo (para que regresen en la secuela); películas donde los personajes se disparan, combaten y se hieren, pero ni un hueso se astilla, ni una herida sangra.

UN PLAN SIMPLE

Puesto de ese modo, “Arrastrados por el concreto” -vaya título sugestivo- vendría a ser el antídoto perfecto para quienes se declaran agobiados y aburridos de las galácticas batallas de Marvel, las acrobacias imposibles de Fast & Furious y la inagotable energía de Tom Cruise en Misión Imposible; pero, antes de apurarse a cantar sus alabanzas, cabe una advertencia. Esto es salvaje, en bruto y en seco. Nada de primeros planos, cámaras lentas o efectos sonoros; las balas y los choques suenan “de verdad” (como fierrazos), aquí no cabe la distinción entre buenos o malos, y -por lo mismo- no hay garantías para nadie. Quien inicia la historia en pie, bien puede terminar yaciendo en el suelo, ahogado en su propio charco de sangre, antes incluso que las dos tramas al centro del filme se crucen: en un lado está Henry Johns (Tory Kittles), afro, ex convicto recién liberado, y que acepta la primera oferta con tal de volver a estar en circulación. Se empleará como “músculo” (hombre de apoyo) en un inminente asalto. Al otro extremo del relato se encuentran Ridgeman (Mel Gibson) y Lurasetti (Vince Vaughn), dos fogueados policías quienes -tras ser grabados con celular aplicando fuerza excesiva en un decomiso de drogas- son suspendidos por seis semanas sin sueldo. Lurasetti se lo toma con resignación, pero Ridegman no da más. Todavía a un par de años de jubilarse, el vaso se le rebasó hace rato. Su mujer necesita constante cuidado médico y quiere cambiar a su familia a un barrio más seguro, de modo que visita a un antiguo contacto que le informa acerca de un inminente “trabajo” de una banda local. El plan es simple. Seguir a los malhechores hasta su guarida y efectuar una “mexicana”. Robar a los ladrones. El problema es que el viejo no puede hacerlo solo; así que, tal como Henry Johns, Lurasetti no tiene opción: Ridgeman lo ha apoyado en todas. No le queda otra que estar a su lado. Marchar al infierno.

En este punto del relato aún no se ha disparado una sola bala, los caminos de los adversarios todavía no se cruzan, falta para que aparezca la apegada madre del principio; hey, ni siquiera han asomado la cabeza los delincuentes. Todo eso ocurrirá, pero en su debido momento; o, mejor dicho, cuando lo necesite S. Craig Zahler, director del filme y autor del guión. 

LA JUNGLA Y EL GARROTE

Zahler ya se había puesto en trance similar con sus dos cintas anteriores -el western Bone Tomahawk (2015) y la carcelaria Brawl in Cell Block 99-, pero nunca acumulando este nivel de tensión dramática. Formado como director de fotografía y sucesivamente reconvertido en músico de heavy metal y prolífico novelista policial, Zahler regresó al cine paso a paso y en sus propios términos. Mientras la mayoría de sus colegas literarios han renunciado a la idea de vender su material a la pantalla grande (ocupada estos días con superhéroes, relatos de fantasía y universos fílmicos), optando en su lugar por desarrollar series de TV y hacerse un espacio en Netflix, el cineasta se jugó por una vía alternativa: apostar todo al cine de género, estrenando simultáneamente en un mínimo de salas y en los servicios de streaming. De este modo, si su película se perdía en medio de la nube de títulos, no faltaría algún crítico que la rescataría. Y tenía razón: insólita mezcla de balada del oeste y pesadilla de terror, Tomahawk sorprendió a muchos con su férreo pulso narrativo y diálogos novelescos. Abundaron las comparaciones con Tarantino, pero la aplicada pluma de Zahler -deliberada, parsimoniosa- invertía al cien por cien en los personajes, sin jamás fugarse hacia la sátira y el pop. Con Brawl, que debutó por lo alto en el Festival de Venecia 2017, redobló las apuestas registrando la atroz odisea de su convicto protagonista como quien retrata un camino de perfección. Era evidente que la expectativas sólo aumentarían de cara a un nuevo filme; eso, hasta se supo que el protagonista sería Mel Gibson. Y las caras cambiaron. Para algunos la matemática era obvia: Gibson + Arma mortal + actitudes racistas= producto inaceptable. Todavía no se estrenaba, pero en la cabeza de algunos la nueva producción de Zahler dejaba de ser un filme sobre corrupción policial para transformarse en un manifiesto protofascista de la era Trump. Se apuraban demasiado: no sólo porque el realizador escribió el guión en 2015 -“cuando vivíamos con un presidente muy distinto y en una suerte de realidad distinta”, según ha comentado- sino porque antes que una celebración de la intolerancia, la cinta despliega un mundo donde las consecuencias del racismo prolongado emergen en cada capa de la trama. 

Desde el lenguaje policial (al borde de lo soportable) hasta la interacción física entre los personajes, desde la trivial cobertura de la TV hasta los magullados lazos familiares, la mirada que la cinta adopta en torno a las relaciones humanas semeja la de una jungla, un espacio donde instintivamente se busca ser predador antes que presa. Ahora bien, ¿bajo qué códigos se define el rol que adoptará cada cual? ¿Los de quien aplica la ley o los de quienes la violan? ¿O es que simplemente retrocedimos y es asunto del que porta el garrote más grande o de quien lo usa primero? 

A juzgar por la desesperación de Rigdeman y Lurasetti, absurdamente convencidos de que alguna vez tuvieron el sartén por el mango y que es hora de recuperarlo, la policía de la cinta luce tan extraviada al respecto como la sociedad a la que vigila. A juzgar por la precisión con que el cineasta perfila y modela ese impulso primal, y por la energía que despliega a la hora de caracterizarlo, ese malestar hace tiempo rebasó los confines de la ficción para estrellarse de vuelta en lo real. De ahí que, por unos cuantos minutos, justo en el centro de su filme, pare la narrativa en seco y se aparte de la trama para ocuparse de una madre y su hijo. Que Zahler pueda permitírselo -en medio de la saturación y resaca audiovisual de estos días, en medio de Marvel, las selfies y nuestro estado de Facebook- es casi un lujo.

Dragged Across Concrete (Estados Unidos, 2019). Escrita y dirigida por S. Craig Zahler. 159 min.

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