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Cine británico

J.M.W. Turner y el cine: LOS GRANDES (Y PEQUEÑOS) GESTOS DEL GENIO

en Formato largo

Aunque en su momento no llegó a las salas nacionales, Mr. Turner -el gran filme biográfico de Mike Leigh- será exhibido esta semana por la Cineteca Nacional, en el marco de la exposición del pintor. No hay excusa para perdérselo.

El gran momento épico de Mr. Turner sobreviene justo en mitad del filme, cuando el pintor se hace amarrar por cuatro horas al mástil del Ariel, un pequeño barco de vapor atrapado por la tormenta frente al puerto de Harwich, en la costa de Essex. En medio de la lluvia, las olas y la nieve, la amplia humanidad del actor Timothy Spall se mece sin cesar; vemos a su Turner, casi ahogado, al borde del agotamiento, pero con los ojos abiertos para captar hasta el último detalle de la experiencia. Es la viva imagen del paradigma romántico del artista sometido a una experiencia límite (inspiradora del magnífico óleo “Snow Storm”, de 1842) y, por lo mismo, habría hecho un magnífico poster para la película que Mike Leigh estrenó en 2014 -y que esta semana exhibe la Cineteca Nacional, con motivo de la exposición de las acuarelas del maestro británico-; pero claro, la cinta aspira a entregar una imagen decididamente más terrenal del genio: en una de las primeras secuencias vemos a Turner padre afeitando alegremente a su rubicundo hijo con la misma navaja que sólo momentos antes había usado para podar las barbas de una rosada cabeza de chancho comprada en el mercado y que, más tarde, ambos devorarán sin cuartel. El genio en la intimidad. Extrema intimidad.

El énfasis en tamaña cotidianeidad no extraña, considerando que Leigh ha construido una carrera de medio siglo concentrado en las grandezas o menudencias de seres comunes y silvestres, y donde rara vez hay espacio para vidas ilustres o el vívido retrato de sucesos históricos: la excepción es su mirada a los compositores Gillbert & Sullivan, en Topsy Turvy (1999) y la reciente Peterloo (2018). Es evidente que el cineasta se siente más cómodo perdiéndose entre la multitud o sumido en una anónima soledad, y basta observar su versión de la vida y obra de J.M.W. Turner, para comprobar cuanto le debe el personaje al carácter del director. Convocado a la mansión del ocasional mecenas, acudiendo a las periódicas exposiciones de la Royal Academy o atendiendo a posibles clientes en su casero salón de pintura, nuestro protagonista siempre luce incómodo, crispado, al borde. La “bestia interior” está mucho mejor controlada en el trato persona a persona; sea acompañado por una pianista en una desafinada y muy sentida versión del Lamento de Dido, de Purcell; jugando a los experimentos científicos con su amiga, la matemática Mary Somerville, o llegando de incógnito a la posada de Miss Booth, en su búsqueda del atardecer perfecto en la bahía de Margate, “Billy” realmente se encuentra a gusto sin mucha gente alrededor, aunque de tanto en tanto se le escape más de algún gruñido  exasperado y animal.

Sólo en contados y extáticos momentos de su filme el realizador se “rinde”, y permite a su audiencia asomarse al interior, al misterio, al proceso del artista. Turner y su atril, vistos de lejos, mientras camina por una sinuosa y diagonal línea costera que parte la pantalla en dos, cual fugaz abstracción; la hiperralista visión del navío Fighting Temeraire -gloria de Trafalgar- camino de su inevitable desguace; el encuentro súbito con una locomotora del Great Western Railway, lanzada a través de campo y bosques a todo “vapor y velocidad”. Ninguna de esas imágenes pretende compararse o evocar siquiera el impacto de los cuadros en los que están basadas; más bien, funciona al revés: es como si Leigh y Dick Pope, su director de fotografía, hubiesen apostado por ser extraordinariamente precisos ahí donde los óleos se disuelven en incerteza, ensueño y las fronteras de lo real.

Mal que mal, para quien quiera sumergirse directo en las obras, su historia y alcance, están los documentales. Durante los últimos años, la BBC ha regresado con frecuencia a Turner, sobre todo desde que el historiador Simon Schama le dedicó al artista uno de los capítulos bisagra de su serie Power of Art (2006), centrado en la ácida polémica en torno al óleo que él considera la obra capital del artista: “Slavers Throwing Overboard the Dead and Dying – Typhoon Coming On”, convoluta y colorida visión de horror en la que el pintor evoca la tragedia del Zong, ocurrida en 1781, donde el capitán de dicho barco de esclavos ordenó lanzar por la borda a 133 personas para cobrar un seguro de catástrofes. Exhibida públicamente en 1840, la pintura fue destruida por la crítica y su autor objeto de numerosas burlas. El Turner de Mike Leigh arruga brevemente el ceño cuando un joven John Ruskin le manifiesta su deseo de comprar el despreciado cuadro; Schama, en cambio, va mucho más allá, al recordar que “The Slave Ship” no sólo es fruto de la “imperiosa necesidad del su autor de ser y sentirse extraordinario”, sino expresión de un impulso aún más irrefrenable: unir color, forma, historia y denuncia en un solo gran gesto.

El mismo Schama y diversos colegas profundizan esa apreciación en Painting the Industrial Revolution (2013), otro documental de BBC (disponible en youtube) que arguye una tesis todavía más provocadora: la idea de un genio fascinado por el progreso científico e industrial, y para quien los avances en la técnica y la producción son equiparables a las obras de los titanes y héroes de la mitología. Para los que solían figurárselo como uno de los grandes maestros del paisajismo moderno y virtual rapsoda de la furiosa energía de la naturaleza, asimilar a un Turner tecnologizado, aliado de la combustión, del vapor, la rapidez y el cambio, puede parecer un anatema, pero ¿por qué no? Si Mike Leigh se dio maña para imaginarlo en sus pequeñeces y asperezas, también hay espacio para cuestionar y expandir las implicancias de sus grandes gestos, de sus queridos cuadros.

Christian Ramírez

“They Shall Not Grow Old” (2019): NO OLVIDAR

en Críticas

oMirar el pasado con ojos de presente es algo que puede resultarle natural a un historiador, pero no ocurre lo mismo con los cineastas: empeñados en adaptar, recrear y refundir imagen y relato, su versión del pasado puede resultar tan fluida como maniquea. La pantalla “aguanta todo”, dicen. Es cosa de preguntarle a Tarantino -quien, como si nada, ametralló y quemó a Hitler al interior de un cine de París, en la fantasiosa Inglorious Basterds (2009)- o a los resbalosos documentales bélicos que Nat Geo y History Channel producen en serie cada temporada, exprimiendo un limón que hace rato está seco.

De ahí la inquietud inicial ante la idea de que alguien como Peter Jackson (El Señor de los Anillos) estuviese a cargo del proyecto estrella de 14-18 NOW, la comisión británica para el centenario de la Primera Guerra Mundial. Desde 2014 en adelante, el organismo encargó más de 400 obras a toda clase de artistas; pero la última, la guinda de la torta, sería un largometraje documental que aprovechase las cientos de horas de película rodada en el campo de batalla y archivada durante un largo siglo en el Imperial War Museum. Pero, ¿era Jackson el hombre adecuado? ¿Estaban seguros? El tipo que había estirado El Hobbit a tres largometrajes -al punto de dejar el libro original en estado irreconocible- dijo que imaginaba su doc de la Primera Guerra en colores y 3D. Sacrilegio.

Por suerte, no hubo tal. They Shall Not Grow Old fue estrenado vía BBC el pasado 11 de noviembre (a 100 años exactos del armisticio), hace poco comenzó a circular en blu ray y DVD, y hasta ahora nadie ha desgarrado vestiduras. Al revés: en su breve paso por salas estadounidenses y británicas fue un éxito de recaudación. Y se entiende por qué: a primera vista luce como un apabullante conjunto de imágenes -que cubren reclutamiento de los voluntarios, preparación, traslado al frente, el horror de las trincheras, asalto a ballonetazos, toma de prisioneros y luego el incierto regreso a casa-, complementadas con audios testimoniales de cientos de veteranos, grabados en la década del 60 y que reveladoramente no incluyen a oficial alguno: todos aquí son rasos, soldados de a pie, voluntarios. Si la idea era poner al espectador en el lugar de un combatiente, el objetivo se logra con creces y ahí es donde hace sentido no sólo la colorización de la imagen sino además su costoso (y fascinante) proceso de digitalización que restauró el material filmado en el campo de batalla y produce imágenes de una extraordinaria fluidez de movimiento, insólita para una película centenaria registrada a 16 cuadros por segundo (nuestro estándar actual es de 24).

Al contrario que en sus filmes de ficción, donde los efectos especiales aspiran a conseguir un distanciador hiperrealismo, casi propio del videojuego, el Jackson de They Shall Not Grow Old se deja llevar por un torrentoso e imparable registro de miseria, sangre, barro y muerte, dolor, locura y enfermedad, en los que las preciosas trazas de humanidad quedan confinadas a actos en apariencia minúsculos y sin embargo, perennes: soldados afeitándose en las ruinas, limpiando sus botas, riendo junto a un compañero, tocando un instrumento, mirando la cámara que los filme con declarada curiosidad. Gente sumergida en el extraño limbo de las trincheras, negociando entre balas y bombardeos mínimos de normalidad indescriptibles para la actual generación digital que le pondrá play, pausa y stop a este producto, para luego dejarlo olvidado en su playlist.

Puede que ese sea el costado más doloroso del documental: la sensación de atroz futilidad que impregna toda la empresa, esfuerzo en vano, perfectamente audible en los testimonios grabados por los supervivientes (que hablan dos décadas después de la Segunda Guerra, aunque jamás la mencionan en la cinta), pero que se redobla ahora, cuando las tensiones disolventes del Brexit acechan la integridad de estas memorias cual jauría. De hecho, ese parece ser el combustible que alimenta del filme: saltarse a la Inglaterra oficial que conmemoró, archivó y rápido olvidó este centenario, para dirigirse al país que emergerá después de la tormenta.

Christian Ramírez

They Shall Not Grow Old (UK, 2019). Dirección de Peter Jackson. 99 min

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