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Documental

“They Shall Not Grow Old” (2019): NO OLVIDAR

en Críticas

oMirar el pasado con ojos de presente es algo que puede resultarle natural a un historiador, pero no ocurre lo mismo con los cineastas: empeñados en adaptar, recrear y refundir imagen y relato, su versión del pasado puede resultar tan fluida como maniquea. La pantalla “aguanta todo”, dicen. Es cosa de preguntarle a Tarantino -quien, como si nada, ametralló y quemó a Hitler al interior de un cine de París, en la fantasiosa Inglorious Basterds (2009)- o a los resbalosos documentales bélicos que Nat Geo y History Channel producen en serie cada temporada, exprimiendo un limón que hace rato está seco.

De ahí la inquietud inicial ante la idea de que alguien como Peter Jackson (El Señor de los Anillos) estuviese a cargo del proyecto estrella de 14-18 NOW, la comisión británica para el centenario de la Primera Guerra Mundial. Desde 2014 en adelante, el organismo encargó más de 400 obras a toda clase de artistas; pero la última, la guinda de la torta, sería un largometraje documental que aprovechase las cientos de horas de película rodada en el campo de batalla y archivada durante un largo siglo en el Imperial War Museum. Pero, ¿era Jackson el hombre adecuado? ¿Estaban seguros? El tipo que había estirado El Hobbit a tres largometrajes -al punto de dejar el libro original en estado irreconocible- dijo que imaginaba su doc de la Primera Guerra en colores y 3D. Sacrilegio.

Por suerte, no hubo tal. They Shall Not Grow Old fue estrenado vía BBC el pasado 11 de noviembre (a 100 años exactos del armisticio), hace poco comenzó a circular en blu ray y DVD, y hasta ahora nadie ha desgarrado vestiduras. Al revés: en su breve paso por salas estadounidenses y británicas fue un éxito de recaudación. Y se entiende por qué: a primera vista luce como un apabullante conjunto de imágenes -que cubren reclutamiento de los voluntarios, preparación, traslado al frente, el horror de las trincheras, asalto a ballonetazos, toma de prisioneros y luego el incierto regreso a casa-, complementadas con audios testimoniales de cientos de veteranos, grabados en la década del 60 y que reveladoramente no incluyen a oficial alguno: todos aquí son rasos, soldados de a pie, voluntarios. Si la idea era poner al espectador en el lugar de un combatiente, el objetivo se logra con creces y ahí es donde hace sentido no sólo la colorización de la imagen sino además su costoso (y fascinante) proceso de digitalización que restauró el material filmado en el campo de batalla y produce imágenes de una extraordinaria fluidez de movimiento, insólita para una película centenaria registrada a 16 cuadros por segundo (nuestro estándar actual es de 24).

Al contrario que en sus filmes de ficción, donde los efectos especiales aspiran a conseguir un distanciador hiperrealismo, casi propio del videojuego, el Jackson de They Shall Not Grow Old se deja llevar por un torrentoso e imparable registro de miseria, sangre, barro y muerte, dolor, locura y enfermedad, en los que las preciosas trazas de humanidad quedan confinadas a actos en apariencia minúsculos y sin embargo, perennes: soldados afeitándose en las ruinas, limpiando sus botas, riendo junto a un compañero, tocando un instrumento, mirando la cámara que los filme con declarada curiosidad. Gente sumergida en el extraño limbo de las trincheras, negociando entre balas y bombardeos mínimos de normalidad indescriptibles para la actual generación digital que le pondrá play, pausa y stop a este producto, para luego dejarlo olvidado en su playlist.

Puede que ese sea el costado más doloroso del documental: la sensación de atroz futilidad que impregna toda la empresa, esfuerzo en vano, perfectamente audible en los testimonios grabados por los supervivientes (que hablan dos décadas después de la Segunda Guerra, aunque jamás la mencionan en la cinta), pero que se redobla ahora, cuando las tensiones disolventes del Brexit acechan la integridad de estas memorias cual jauría. De hecho, ese parece ser el combustible que alimenta del filme: saltarse a la Inglaterra oficial que conmemoró, archivó y rápido olvidó este centenario, para dirigirse al país que emergerá después de la tormenta.

Christian Ramírez

They Shall Not Grow Old (UK, 2019). Dirección de Peter Jackson. 99 min

“Rostros y lugares” (2017): VIAJE SIN FIN

en Críticas

«Cada vez que conozco a una persona nueva, pienso que será la última”, le comenta la legendaria Agnès Varda a JR, su codirector y compañero de viaje, en los segmentos iniciales del documental Rostros y Lugares. Razones tiene de sobra: el filme fue realizado cuando tenía 88, pero en mayo pasado celebró sus 90 años; de un tiempo a esta parte, sus ojos necesitan constante tratamiento, en ocasiones le cuesta desplazarse y se cansa con facilidad. El tema se asoma numerosas veces durante el filme, al punto que el artista visual -55 años menor- le dice en un momento que quizás deberían filmar todo lo que alcancen, “antes que sea demasiado tarde”.

“¿Demasiado tarde para mí?”, le contesta la realizadora, entre indignada y divertida por la insolencia del joven; pero a la vez consciente de que ese es precisamente el tono que el documental -que fue nominado al Oscar 2018- va dándose a sí mismo, a medida que el dúo visita en su camioneta/estudio pequeñas localidades a lo largo y lo ancho de Francia, generando encuentros fortuitos y fugaces con sus habitantes; devorando kilómetros, atrapando con la cámara rostros, cuerpos y oficios, que acaban impresos en gigantografías de gran tamaño que Varda y JR pegan en paredes, frontis de casas, lugares públicos y sitios abandonados, parajes industriales, carros de tren y formaciones rocosas; de suerte que son los propios retratados, los lugareños, los vecinos, quienes acaban sorpresivamente convertidos en obra de arte y en hito geográfico.

No es que esté pisando terreno nuevo. La cineasta siempre ha permitido que su interés por los misterios de la identidad alimente en su trabajo la pulsión por lo abstracto, y viceversa. Sea registrando un momento de intimidad en la vida de una mujer parisina (Cleo de 5 a 7, 1962), observando artistas urbanos en acción (Mur Murs, 1981) o testeando en directo nuestra vocación de asociatividad (Los recolectores y la recolectora, 2000), su obra emerge al mismo tiempo certera y juguetona, dueña de sí y entregada al azar, con la fuerza de un manifiesto y, sin embargo, en permanente estado de revisión. Visitando un antiguo barrio de mineros del carbón, Agnès y JR no resisten la tentación de homenajear a Jeanine, la última habitante del lugar, pegando un enorme retrato suyo en la entrada. La emocionan hasta las lágrimas. En otro pueblo repiten la experiencia con una joven mesera, pero cuando regresan a visitarla ella se declara arrepentida: la han convertido en el personaje más famoso del pueblo, en víctima permanente de las selfies sacadas por curiosos y turistas. Lo que para algunos (y para la película) puede ser una bendición, para otros es negación, carga inaguantable.

En medio de ese ir y venir, las ocurrencias de JR -pegar imágenes de los ojos y pies de Varda en carros de tren, “para que sigan recorriendo caminos”; armar un inmenso mural apilando con grúas decenas de containers en el puerto de Le Havre- van energizando y estimulando la imaginación de la realizadora, pero es evidente que además despiertan en ella la memoria de antiguos compinches en su viaje creativo, como su esposo, el cineasta Jacques Demy (fallecido en 1990) o el fotógrafo Henri Cartier-Bresson (ambos van a visitar su tumba, escondida en un minúsculo cementerio), y sobre todo la esquiva y ermitaña figura de Jean-Luc Godard. La angulosa y anónima cara de JR, decorado día y noche con un sombrero y gafas negras, recuerda de manera inevitable la adusta y porfiada figura de JLG, quien -queriéndolo o no- acaba por convertirse en inadvertido personaje en el desenlace del relato, su ausencia misma convertida en rostro, atrapada entre la pantalla y el aire.  

Christian Ramírez

VISAGES VILLAGES (Francia, 2017). Dirigido por Agnès Varda y JR. 88 min.

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