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Netflix

Clásicos del cine: ESPECIE EN EXTINCIÓN

en Formato largo

No cabe duda que el streaming es la gran invención audiovisual de la década, pero cuidado con transformarlo en la panacea: las aplicaciones son muy útiles para difundir material nuevo, pero no sirven de mucho para almacenar clásicos del séptimo arte, los que a paso veloz se vuelven inaccesibles, luego invisibles y, al final, inexistentes. 

“Louie, creo que este es el inicio de una bella amistad”.

Bogart acaba de ver cómo el avión que lleva a Ingrid Bergman levanta el vuelo y se aleja caminando con el jefe de la policía de vuelta a Casablanca, en uno de los finales inolvidables de la historia del cine. 

¿Inolvidable? Ya no estoy tan seguro.

De hecho, ¿se han topado con Casablanca ahora último? A menos que tengan guardada a buen recaudo una copia en DVD o blu-ray, lo dudo mucho. No está en Netflix. Amazon Prime cobra cuatro dólares por un arriendo digital de 48 horas y, cuando Disney + debute a fines de año, lo más probable es que no figure en su catálogo, porque el filme es propiedad de Warner. Y Warner aún no ha dado señales de cuándo lanzará su propio servicio de streaming. De modo que para todos los efectos prácticos, Casablanca está desaparecida en acción.

Algo similar ocurre con muchos otros títulos antiguos. Con la mayoría, en verdad.

Hagan la prueba: muevan el cursor de la tele y busquen películas de Hitchcock, Kubrick, Coppola, Eastwood o Scorsese. Seguro que les salta uno que otro título. Ahora prueben con Chaplin, Fellini, Bergman o Kurosawa. Cero. Como si de pronto, igual que la mitad del universo al final de Infinity War, esos artistas y su legado se hubieran convertido en polvo que se deshace en la brisa, hasta devolverse a la nada.

VIVIR EL PRESENTE

Estamos claro que la era del streaming y el smart TV es una instancia sin precedentes en términos de comodidad y acceso al contenido audiovisual, pero claro: siempre y cuando haya contenido disponible. De lo contrario, medio mundo queda atrapado dentro del mismo espacio, condenado a dar vueltas alrededor del mismo material, igual que en los viejos días del videoclub, cuando ya habías “visto todo el local” y no te quedaba otra que ir semana a semana esperando por los casetes de estrenos. Al menos, en esa época la solución era rápida: te hacías socio de otro club y santo remedio. Hoy no es tan fácil; menos en un mercado minúsculo como el nuestro, que apenas deja espacio para un par de actores -Netflix y próximamente Disney-, mientras los servicios más pequeños (The Criterion Collection, BBC, BFI, Arte) concentran sus esfuerzos en Estados Unidos y Europa.

Hasta ahora, la mayoría de los análisis al respecto se ha centrado en la experiencia del consumidor, y en las ventajas o desventajas que éste tendrá en un escenario donde la librería de títulos que cada compañía maneja, ahora vale su peso en oro; pero es cosa de dar vuelta la ecuación, pensar por un momento en las películas mismas y la conclusión es inquietante: lo que no alcance a llegar al streaming, virtualmente va a dejar de existir. Bye bye, au revoir, adiós. No más pasado audiovisual. No más clásicos. No más historia del cine. Fin du cinéma.

Quizás crean que estoy exagerando, pero un escenario donde andamos más preocupados evitar los spoilers de la serie de moda (en estos días, Game of Thrones) y en donde una sola película -Avengers Endgame- vende el 90% de todas las entradas al cine en un fin de semana donde ninguna otra cinta se atrevió a darle pelea, no es el ambiente más propenso para ocuparse de conceptos como pasado y legado, menos si este pertenece al cuasi disecado Siglo XX. A eso hay que sumar la desquiciada cantidad de material visual que mes a mes se produce a toda velocidad. Sólo en 2018 debutaron 300 nuevas series anglo. Ni los críticos logran estar al día.

Así las cosas, no queda mucha energía para desplegar el esfuerzo de parar, de tomar distancia, y descolgarse por un momento de lo que “está siendo” para ocuparnos seriamente de lo que ya fue. Para los que urgentemente necesitan ver los 13 capítulos de la nueva temporada de su programa favorito y luego tuitear, postear y comentar sobre ello en las redes, es demasiado pedir. Y no lo estoy diciendo con ironía: no hay tiempo para ocuparse del pasado, ahora que estamos rebasados por el presente.

CONCIENCIA DE MARCA

Antiguamente, el mercado tenía su propio sistema de defensa contra el olvido: la nostalgia. No se trataba de un instinto artístico de conservación, sino del impulso por continuar sacándole dinero al producto: desde los años 50 en adelante existió un activo circuito de reestrenos, y en los 60 y 70 el mismo material comenzó a ser vendido a la TV abierta. Cuando una nueva tecnología debutaba -haya sido Súper 8, Betamax, VHS o DVD- de inmediato las compañías reaccionaban lanzando una batería de títulos probados que, paulatinamente, iban rellenando el vacío. Si la década pasada fue un momento estelar para la cinefilia global, eso ocurrió porque los discos físicos permitieron la edición y reedición de miles de películas. Hoy, ese mercado está reducido a un nicho, el que seguirá vivo mientras se continúen fabricando consolas (algunas compañías ya están cerrando sus factorías). En cuanto al streaming, no hay que hacerse muchas ilusiones. La diversidad del DVD no se replicará en el digital porque:

– El negocio no está en los títulos mismos, sino en la cantidad de tiempo que el usuario pasa en la aplicación.

– La aplicacion tiene que funcionar de forma óptima. Por lo mismo, no conviene saturar los servidores con miles de títulos de bajo tráfico (léase clásicos), asegurarando así la performance de los más solicitados (los estrenos).

– En el futuro, los proveedores tenderán a favorecer sus propios contenidos, limitando al mínimo la distribución de material ajeno. Netflix ya está aplicando esa política.

Hay una última razón, y equivale a un golpe de gracia. En este momento, el factor que mueve al usuario -nótese que no estoy usando la palabra espectador- a elegir una película o una serie no es la presunta calidad del producto, sino el grado de “awareness” (conciencia de marca), que éste posee. La cantidad de posteos, de conversación, de tráfico, que es capaz de generar.

Comparado con Game of Thrones, con Marvel, con Star Wars, ¿qué grado de awareness pueden generar Casablanca, Chinatown, los padrinos o Pulp Fiction? Eso sí, no le hagan esa pregunta a los críticos de cine. Contáctense mejor con expertos de marketing.

«Burning» (2018): SALTO MORTAL

en Críticas

Cuando le preguntan a qué se dedica, Lee Jong-su siempre responde que es escritor, pero rara vez lo vemos tecleando frente a una pantalla. Con tal de evitar enfrentarse a esa novela que dice tener dentro suyo, el protagonista de Burning -sexta cinta del celebrado director surcoreano Lee Chang-dong y sensación del último Festival de Cannes- acepta convertirse en una sombra y mudo testigo, en una figura pasmada al interior de su propio filme, hasta que éste, sin aviso y de forma casi casual, por fin le da algo que hacer: un propósito que consumirá su atención, su tiempo y sus deseos. Una misión que, tal como anticipa el título de la producción, finalmente le hace arder.

Lo extraño es que, al contrario de la mayoría de las películas (que suelen develar ese sentido antes de la media hora de relato), la revelación de Lee Jong-su, su “despertar”, recién sobreviene a la hora y media, cuando el espectador creía dominar al completo las alternativas de la trama. Hasta ese momento, Burning -basada en “Quemar graneros”, un sugestivo cuento de Haruki Murakami- era la historia del interrumpido affair entre un joven (y remolón) escritor y una antigua compañera de colegio. Tras un breve viaje a África, ella vuelve acompañada por Ben, un sujeto con dinero y buena pinta, con el que nuestro destartalado protagonista no podrá competir. Manso y lento como es, el chico está a punto de aceptar su secundario rol de comparsa en el romance ajeno cuando se presenta ese “algo” -una situación que obviamente no puedo contar aquí- entonces y todo gira en 180 grados. Como si la trama romántica y juvenil se rebooteara y recomenzara, pero en clave nihilista y noir. Como si todo lo que vimos antes no fuese más que la adolescente precuela de lo que a partir de ahora se desbocará, fluyendo a torrentes. 

Narrativamente, la operación equivale a un salto mortal, uno que rara vez los cineastas son capaces de ejecutar sin hundirse -el David Lynch de Mulholland Dr. (2001) y Twin Peaks: The Return (2017) es uno de esos privilegiados-, básicamente porque no se trata de un giro sorpresa que reorienta el argumento a última hora, sorprendiendo a la audiencia, al estilo de los clásicos de Shyamalan (Sexto sentido, El protegido). Lo que se reconstituye en Burning, lo que se transforma, es más que la mera trama: es el propio protagonista y su universo, su forma de negociar con lo que le rodea, con el mundo miserable que habita (Lee está obligado a cuidar la descuidada granja de su padre, mientras éste cumple una condena de prisión) y con la vida que imagina para sí. Como si en vez de escribir página a página la novela que se le escapa de las manos, hubiese optado por vivirla, descubriendo alucinado que la realidad va acomodándose sin problemas a sus fantasías -y pesadillas- más descabelladas.

Así las cosas, su actitud no es muy distinta a la del terminal antihéroe interpretado por Jack Nicholson en El pasajero (1974), de Antonioni: alojado en un minúsculo hotel del norte de África al inicio de ese filme, el tipo cede a un impulso súbito y usurpa la identidad de su vecino de habitación, quien acaba de fallecer. La perspectiva de convertirse en otro, de desembarazarse de su antigua persona, como si fuera una cáscara, le resulta fascinante; pero pronto se da cuenta que la mochila que ahora debe cargar es doble: lleva en sus hombros tanto la vida de ese extraño, como los fantasmales vestigios de la suya.

Así anda el despistado Lee Jong-su al final de Burning: conteniendo dentro de sí dos historias, dos mundos, dos formas mirar. Con razón está a punto de reventar.

Christian Ramírez

BURNING (Corea del Sur, 2018). Con Yoo Ah-in y Steven Yeun. Dirección de Lee Chang-Dong. 148 min. 

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